Los primeros indicios de Papaver rhoeas en Europa central aparecen a mediados y finales del Neolítico. Crédito de a fotografía: Manuel Martín Vicente.

Nuestro ecosistema extranjero

Acompáñame en un viaje por la historia. El protagonista no será ningún Homo sapiens, ni sus hazañas y desventuras. Veremos más allá de la línea del tiempo, en concreto el ecosistema sobre el que se tejen revoluciones, conquistas y descubrimientos. Y, además, durante el viaje quiero que aprendas palabrejas científicas.

Empezamos. Si te pido que visualices la imagen de un campo en primavera, probablemente imagines un prado verde salpicado de amarillos, blancos y rojos. Fíjate en las pinceladas rojas. Seguramente se tratan de amapolas, ¿verdad? Esto es un artículo de ciencia, así que vamos a ponerles nombre: Papaver rhoeas. Para muchos esta planta nos resulta familiar, propia de nuestra tierra. Pero la realidad es que no. Los primeros indicios de P. rhoeas en Europa central aparecen a mediados y finales del Neolítico. ¿Y antes? Sencillamente no había amapolas en esta región. Para descubrir el origen de esta flor debemos ir al este del Mediterráneo. La ciencia aún no ha podido determinar el lugar y la fecha exactos, pero hay una pista: sus primas.

P. rhoeas pertenece a un grupo taxonómico donde se encuentran otras “amapolas”, que se asemejan entre ellas genética y morfológicamente. Y todas ellas se encuentran en esta región mediterránea. P. clavatum en el norte del desierto de Siria. P. guerlekense en el oeste de Turquía y Chipre. P. umbonatum, P. carmeli y P. humile desde Siria a Egipto. Los botánicos creen que es muy probable que P. rhoeas surgiera en esta región, quizás por hibridación de algunas de las otras especies. Ahora bien, ¿por qué la amapola ha llegado incluso a EEUU y sus primas no? La clave está en la revolución neolítica. Vamos con el primer término científico:

Resiliencia: capacidad de los ecosistemas para amortiguar el efecto de una perturbación y volver al estado inicial. Por ejemplo, que el bosque vuelva a ser un bosque después de sufrir un incendio.

Cuando la agricultura hizo su aparición en escena, los ecosistemas se vieron muy afectados. Había que despejar el terreno para sembrar, y la resiliencia quedó muy por los suelos. Pero eso le vino de perlas a la amapola, ya que tenía una mano ganadora. Su ciclo de vida estaba en consonancia con el de los cereales: florecía entre la cosecha y soltaba sus semillas antes de la siega. Además, sus semillas aguantaban mucho tiempo en el suelo. El campo de trigo se convirtió en su nueva casa. De esta forma, se valió de la revolución agrícola para expandirse por el Mediterráneo y Europa. Por tanto, se había convertido en una especie sinantrópica.

Sinantropía: capacidad de algunas especies para vivir en ecosistemas urbanos o en aquellos que se encuentran alterados por la actividad humana.

Los primeros indicios de Papaver rhoeas en Europa central aparecen a mediados y finales del Neolítico. Crédito de a fotografía: Manuel Martín Vicente.

Los primeros indicios de Papaver rhoeas en Europa central aparecen a mediados y finales del Neolítico. Crédito de a fotografía: Manuel Martín Vicente.

Mientras que la amapola se aprovechó de la alteración de los ecosistemas, otras especies se valieron de los intercambios culturales. Los barcos que surcaban el Mediterráneo no sólo conectaron pueblos. Algunas especies de animales también se sirvieron de ellos. La segunda historia va sobre la gineta (Genetta genetta), un mamífero carnívoro del que no existe un registro fósil en la Península Ibérica. Para su origen se barajan tres hipótesis que la comunidad científica trata de confirmar o desechar. La más conocida es que fue un animal traído por los musulmanes. De hecho, según cuenta la leyenda, tras la victoria de los francos contra los ejércitos de Al-Ándalus, en la batalla de Poitiers (año 732 d.C.), Carlos Martel descubrió un botín que contenía una gran cantidad de pieles de gineta.

La segunda hipótesis apunta a las colonias griegas de Libia, durante el siglo VI a.C. Los griegos mencionaban a un animal conocido como la “comadreja de Tartesos”. Esta especie podría haber sido introducida desde Egipto para controlar las ratas, quizás a través del comercio de los fenicios.

Por último, una tercera hipótesis considera que la especie habría llegado a la Península Ibérica sin la ayuda humana. Propia del norte de África, este pequeño cazador cruzaría a Europa cuando existía un puente con el Magreb a través del estrecho de Gibraltar. Esto sucedería durante la crisis salina del Messiniense hace unos 5 millones de años, cuando el Mediterráneo no tenía ninguna conexión con el océano Atlántico. Se sabe que, gracias a este puente natural de tierra, muchas especies cruzaron a Europa. Tras la subida del nivel del mar, algunas de ellas quedaron atrapadas en la península. Según esta idea, la gineta sería una especie relicta.

Relicta: especie que en el pasado abarcó una gran área de distribución y que actualmente está solo en pequeñas áreas.

Las poblaciones de gineta (Genetta genetta) en la Península Ibérica parecen descender de animales introducidos por los almohades. Crédito de la fotografía: Guérin Nicolas.

Las poblaciones de gineta (Genetta genetta) en la Península Ibérica parecen descender de animales introducidos por los almohades. Crédito de la fotografía: Guérin Nicolas.

¿Qué tiene la ciencia que decir al respecto? El análisis genético de poblaciones europeas detectó que las ginetas de la Península Ibérica estarían emparentadas con las poblaciones del norte de Argelia. Su introducción se habría producido a través de Cataluña. En este estudio también se encontró que la mayor diversidad genética se encontraba en las zonas ocupadas por los almohades. Por otra parte, la distribución de la especie se ajusta a la máxima expansión árabe en el suroeste de Francia. Estas pruebas, unidas a que los primeros restos arqueológicos aparecen vinculados a yacimientos almohades, le da más peso a la primera hipótesis. Sin embargo, también se detectó que las poblaciones de Andalucía presentan similitudes con las de Libia. ¿Tal vez este es el legado de los griegos? Habría que hacer más análisis genéticos, pero parece claro que la gineta es un ejemplo de translocación de especies. Paradójicamente, este carnívoro se encuentra en regresión en el norte de África por la pérdida de su hábitat. Sin embargo, en suelo europeo se la considera una especie protegida.

Translocación: introducción de una especie en un hábitat donde no se encontraba. Actualmente, esta práctica se usa en la protección de animales que se encuentran en situación crítica de extinción.

De la tercera protagonista no hay dudas: viene de fuera, del Nuevo Mundo. La historia de la chumbera (Opuntia ficus-indica), como especie domesticada, comienza hace unos 8.000-9.000 años. Por aquellas fechas, las personas que habitaban lo que ahora es México se alimentaban de ella. Lo sabemos porque los coprolitos (excrementos) humanos de esa época tienen restos de epidermis de esta especie. Se cree que en alguno de los viajes de Colón a América (el primero en 1492 o el segundo en 1493), la chumbera consiguió un billete para cruzar el Atlántico.

Conforme se expandía por el mundo recibió varios nombres. El primer nombre que le pusieron los españoles fue tuna, por un vocablo taíno. Al llegar a Europa se le empezó a conocer como higo de las Indias. A los musulmanes también les gusto y lo llevaron al norte de África, dándole el nombre de higo de los cristianos. Pero, ¿qué tenía la chumbera a parte de unos higos dulces pero llenos de molestas semillas? Lo cierto es que sus palas (esos tallos a modo de “hojas” carnosas) también son comestibles y tienen propiedades antiescorbúticas. Esto hizo que los navegantes le hicieran un hueco en sus bodegas. Sin embargo, lo más valioso de esta especie fueron unos pequeños insectos del género Dactilopius que la parasitan. Estas cochinillas crecen sobre la chumbera como si fuese un algodón roñoso; pero, si la aplastas, lo volverá todo rojo, muy rojo.

La chumbera (Opuntia ficus-indica) llegó a Europa en alguno de los viajes de Cristobal Colón. Crédito de la fotografía: J.M.Garg.

La chumbera (Opuntia ficus-indica) llegó a Europa en alguno de los viajes de Cristobal Colón. Crédito de la fotografía: J.M.Garg.

Con una gran cantidad de cochinillas puedes extraer la grana o el carmín de Indias. Tal era la intensidad del rojo que producía, que desplazó a los otros pigmentos y se volvió muy importante para la industria textil. La chumbera se convirtió en una planta importante para producir el rojo que representaba los poderes políticos y religiosos. Sin embargo, con el paso del tiempo la grana dejó de ser importante y, por tanto, la chumbera. Quedó relegada a una planta espinosa de la que recoger algunos higos, y que delimita las lindes de los campos. Actualmente, una plaga de cochinillas está diezmando su población en España, donde algunos la consideran un patrimonio cultural. Sin embargo, dada su capacidad de competir con plantas autóctonas y alterar los hábitats, está incluída en el catálogo de especies invasoras.

Especie invasora: especie exótica (que no es propia del lugar) que es capaz de alterar significativamente los ecosistemas llevándolos al colapso o a la pérdida de biodiversidad.

Veamos un último ejemplo: la tortuga mora (Testudo graeca). De esta especie tampoco existen restos fósiles en la península y su distribución es reducida: Doñana, Almería, Murcia y Mallorca. Otra pista: los análisis genéticos indican que las poblaciones ibéricas están muy relacionadas con las del norte de África. ¿Diagnóstico? Todas las pruebas parecían indicar que se trataba de otra especie extranjera. De hecho, fue catalogada como especie introducida en el “Atlas y Libro Rojo de los anfibios y reptiles de España”. Sin embargo, un análisis genético más fino reveló que su llegada se produjo hace 20.000 o 30.000 años. La ciencia la restituyó como especie autóctona.

La cuenca mediterránea es considerada como uno de los 25 puntos calientes de biodiversidad. Esto significa que está en el top de los lugares más diversos. En gran parte se debe a que es el lugar donde confluyen la flora y fauna de Europa, África, Oriente Medio y el Atlántico. Algunas especies llegaron por su propio pie, unas se naturalizaron tras valerse de nuestras redes y otras se volvieron una amenaza medioambiental. Sirvan estos cuatro casos para mostrar lo dinámico, y para nada fijo, que resulta la historia natural de una región. Al margen de debates de ecología y conservación, la próxima vez que vayas al campo pregúntate: ¿qué me cuenta este ecosistema de mi historia?

Referencias:

  • Kadereit, Joachim W, “Some suggestions on the geographical origin of the central, west and north European synanthropic species of Papaver L.”, Botanical Journal of the Linnean Society, Volume 103, Issue 3 July 1990, Pages 221–231.
  • Gaubert, Philippe, Godoy, José A, del Cerro, Irene y Palomares, Francisco, “Early phases of a successful invasion: mitochondrial phylogeography of the common genet (Genetta genetta) within the Mediterranean Basin”, Biological Invasions, Marzo 2009, Volume 11, Issue 3, Pages 523–546.
  • Kiesling, Roberto, “Origen, Domesticación y Distribución de Opuntia ficus-indica”, Journal of the Professional Association for Cactus Development, 1998, Volumen 3.
  • Graciá, Eva, Botella, Francisco, Rodríguez, Roberto, Anadón, José Daniel, Fritz, Uwe y Giménez, Andrés, “Origen de la población de tortuga mora en el sureste ibérico” Quercus, Cuaderno 347, Enero 2015.

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