Un plato de mejillones en El Edén

If nature dies because we enter it, then the only way to save nature is to kill ourselves

William Cronon

Viajemos a California. En concreto nos dirigimos a las islas del Canal, un archipiélago formado por ocho islas, hogar de los chumash. Este pueblo amerindio se especializó en la pesca y en la recolección de especies marinas. Usando sus canoas, conocidas como tomol, crearon una sólida red de comercio y pesca. Su economía se basaba en el intercambio de peces por carne de animales del interior del continente. Incluso tenían una moneda: las conchas del molusco Olivella biplicata o aceituna púrpura.

El pueblo chumash vivía en las costas del sur de California y en las islas del Canal.

Los chumash basaban parte de su alimentación en aquello que recogían del mar. Incluido un diverso grupo de moluscos entre los que encontramos a cuatro de los protagonistas de esta historia: el abulón rojo (Haliotis rufescens), el abulón negro (Haliotis cracherodii), el mejillón de California (Mytillus californianus) y la lapa gigante búho (Lottia gigantea).

Hace unos 7.500 años los chumash comenzaron a recolectar estos moluscos que viven en la región intermareal. Algunos, como los abulones rojos, eran más complicados de conseguir ya que había que bucear para encontrarlos. Sin embargo, otros eran de más fácil acceso ya que quedaban descubiertos al bajar la marea. Eran un recurso sésil, predecible y que no requería una tecnología especializada para capturarlos. En el caso de los mejillones de California incluso se les puede capturar en masa: llegan a formar colonias de hasta 1.000 individuos por metro cuadrado.

El antropólogo Jon M. Erlandson se preguntó qué efecto tuvo esta recolección sobre las comunidades de moluscos. Para ello tomaron 11.000 conchas de yacimientos de la isla de San Miguel que abarcaban unos 10.000 años de historia. El efecto que encontraron fue la reducción de tamaño de las especies:

  • El abulón negro pasó de 102 mm a 75 mm.
  • El abulón rojo pasó de 166 mm a 94 mm.
  • El mejillón de California pasó de 46,9 mm a 38,6 mm.

Colonia de mejillón de California.

Un estudio posterior midiendo 1.718 conchas de lapas gigantes búhos de los últimos 10.000 años, confirmó también la reducción de tamaño. Cabe esperar un resultado parecido para las otras especies destinadas a la cocina de los chumash. Así pues, tenemos un pueblo prehistórico que influyó en los recursos marinos costeros, mucho antes de la llegada de la pesca comercial e industrializada. La presión antrópica hizo menguar de tal manera el recurso, que los chumash tuvieron que centrar sus actividades en la pesca lejos de la costa y la caza de mamíferos marinos.

Este caso de las islas del Canal no es aislado. Existen otros ejemplos de reducción de tamaño de especies de moluscos que fueron recolectadas por su carne. En Panamá podemos encontrar al caracol peleador caribeño (Strombus pugilis), una especie que acostumbra a vivir en los sedimentos fangosos de las lagunas. Al alcanzar la madurez sexual sale de su escondrijo y compite por el derecho a aparearse. Al estudiar las conchas de individuos de hace 7.000 años, se descubrió que tenían un 66 % más carne que sus descendientes actuales.

Veamos un último caso. En Palau encontramos a la especie de caracola Strombus gibberulus. Los investigadores tomaron conchas de hace unos 3.000 años para estudiar su tamaño, buscando el mismo efecto que en los anteriores casos. Sin embargo, se observó que durante ese período de tiempo su concha no menguó, sino que aumentó unos 1,5 mm en correlación con una mayor población humana. La causa de este crecimiento podría ser la introducción de la agricultura en la zona. Esta práctica aumentó los niveles de nutrientes en el agua, lo que habría favorecido el crecimiento de las caracolas.

Abulón rojo. Fotografía de Athena Maguire.

Pero ¿qué pasó en los casos de California y de Panamá? Imaginemos que tenemos una población de abulones rojos. Cuando los moluscos alcanzan cierto tamaño, pueden dejar de destinar sus recursos a crecer y se centran en la reproducción. Es decir, aquellos que se reproducen son los más grandes de la población. Sin embargo, al tener más carne resultan ser los más golosos para la cocina humana. En este escenario los más grandes tienen las de perder. Así que cuando aparecen individuos que alcanzaban la madurez sexual con un menor tamaño, saldrán ganando al dejar descendencia.

A este tipo de presión antrópica se la ha denominado selección no natural. Se trata de un fenómeno evolutivo parecido a la selección natural donde la presión selectiva es de tipo antrópica. No la debemos confundir con la selección artificial, en la que se ejerce selección intencionada convirtiendo al lobo en algo mono humano-dependiente.

Uno de los casos más conocidos de selección no natural son las polillas blancas británicas. Estos insectos se volvieron negros, ya que los troncos de los árboles donde se camuflaban estaban manchados por la contaminación. Otro ejemplo más reciente es la reducción de tamaño de peces con interés comercial.

Actualmente existe en la comunidad científica cierto debate sobre la selección no natural. Para que se produzca evolución debe de haber un cambio en la frecuencia genética de la población. Algunos científicos consideran que estos cambios de tamaño pueden deberse a una respuesta temporal de la población, sin verse afectados los genes.

La nutria marina es clave para el manteniendo de los bosques de kelp.

En cualquier caso, estos ejemplos nos sirven para hacer una reflexión. Existe la creencia de que las antiguos sociedades vivían en armonía con la naturaleza. Como si hubiesen vivido en una especie de Jardín de El Edén. Pero acabamos de ver cómo pueblos prehistóricos influyen en los recursos marítimos, mucho antes de la llegada de la pesca industrializada. Y es que, lejos de vivir en armonía, la llegada de Homo sapiens se suele traducir en cambios en el ecosistema.

Por ejemplo, cuando el ser humano llegó a América ocasionó una serie de impactos. El más evidente fue la extinción de la megafauna. Es verdad que la extinción de estos animales está ligada a un cambio climático, sin embargo existen indicios que muestran cómo nuestra presencia fue decisiva. Es decir, si las especies ya estaban al borde del precipicio por la subida de las temperaturas, la llegada de nuestra especie supuso el empujón final.

También podemos mencionar la destrucción de hábitats. Algunas sociedades prehistóricas de norteamérica moldearon los ecosistemas al usar el fuego como técnica de caza. De esta forma, se favoreció la extensión de los ecosistemas de praderas frente a los bosques. Esto también conlleva la extinción de las especies que dependen de los bosques.

Un tercer impacto fue lo que en ecología se conoce como cascadas tróficas. Este término hace referencia a que si afectamos un punto del ecosistema, el impacto se puede transmitir por todo el sistema. Esto sucede al cazar especies claves. Por ejemplo, las comunidades costeras cazaban nutrias marinas. Esta especie mantenía a raya a los erizos de mar en los bosques de kelp. Sin estos depredadores, los erizos proliferan, comiéndose las algas y haciendo colapsar al ecosistema.

Finalmente, también podemos mencionar los cambios en el comportamiento y la distribución de las especies. Por ejemplo, la caza de hembras o crías de leones marinos puede que no afecte al número poblacional ni a la especie. Sin embargo, el estrés de la depredación puede hacer que la colonia cambie de sitio, lo que podría tener efectos en aquellos ecosistemas donde los leones marinos se alimentan.

En definitiva, la idea que os quiero trasladar es que no existe el impacto ambiental 0. Cualquier actividad humana, desde que somos especie, va a tener un impacto en los ecosistemas. Sólo podemos intentar influir lo menos posible, comprendiendo que formamos parte del ecosistema.

Referencias:

Human impacts on ancient shellfish: a 10,000 year record from San Miguel Island, California.

10,000 years of human predation and size changes in the owl limpet (Lottia gigantea) on San Miguel Island, California.

Evidence of size-selective evolution in the fighting conch from prehistoric subsistence harvesting.

Evidence for size increase in an exploited mollusc: humped conch (Strombus gibberulus) at Chelechol ra Orrak, Palau from ca. 3000–0 BP.

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